Poco ritmo, mucho mambo y equivalencias…

Reflexiones sobre la fe, la salud del Papa y la crítica literaria contemporánea

De izquierda a derecha, la revista Équivalences, El Ritmo como signo del lenguaje poético de Basilio Belliard y Libres bajo la gracia de Robert F. Prevost. (cedidas)

¡Cuánto hemos orado en casa por León XIV! Soy católica por convicción y herencia cultural, por mis ascendientes maternos cibaeños y por los Bragui italianos. Tras mi bien gozada existencia, llegando casi a la cuarta edad, encuentro gran conformidad espiritual en el Evangelio y las tradiciones de mi Iglesia. A veces me siento muy afín al movimiento de renovación espiritual en el Espíritu Santo, que surgió en las iglesias protestantes norteamericanas. Mi difunto esposo, mis hijos, familiares y amigas me han considerado demasiado liberal, o ecuménica, en cuestiones de la fe y la religión. Pero opto por permanecer dentro del catolicismo romano y apostólico en el cual fui bautizada y he sentido el amor de Dios. Excusen que arranque con esta confesión de fe, conmovida por la súbita cirugía del Papa León y su diagnóstico de adenocarcinoma pulmonar. Al pontífice de 71 años, que como sacerdote y obispo visitó Santo Domingo y La Vega hace décadas, le extirparon el pasado martes 13 un lóbulo del pulmón derecho y la prognosis luce esperanzadora. Pena que su cirugía fuera adelantada justo para el día en que el presidente dominicano, de visita en el Vaticano, sería recibido por el Santo Padre. 

Hace varias semanas les contaba cuán gran éxito de ventas en librerías, desde principios de este año, ha sido su encíclica “Magnifica humanitas”, sobre la necesidad de cuidar la integridad personal humana y los valores cristianos ante los avances de la inteligencia artificial y sus retos y riesgos. Antes de su ascensión al papado el 8 de mayo de 2025, como el obispo de Roma número 267, Robert Francis Prevost (Chicago 1955) no era conocido como autor. Sus escritos no habían sido publicados en forma de libro. Ahora, sin embargo, casi todo lo que ha escrito está siendo re-examinado, recopilado y publicado por el Vaticano en varios idiomas. Su más reciente obra es “Libres bajo la Gracia” (Editora Vaticana, Roma, 2026), recién salida el mes pasado en Roma, descrito por los editores como una exploración sobre las conexiones entre la libertad individual y la fe católica en los tiempos actuales. Hay edición en inglés por Pengüin Random House (552 páginas) y en español por Editorial Debate de Madrid (552 pp).  

Poco ritmo… 

He elogiado la obra ensayística de Basilio Belliard (Moca 1966). Es uno de los más lúcidos epígonos de la generación de los 80 parida por el Taller Literario César Vallejo de la UASD. Su poesía quizás carece del sentimiento y profundidad de la del indiscutible líder de ese grupo etario, José Mármol, pero Belliard es sin dudas un buen poeta, miembro de la Academia Dominicana de la Lengua y laureado autor de decenas de valiosos libros que merecen leerse. 

Hace varias semanas referí con anticipación su discurso de ingreso como miembro de número a la Academia de Ciencias, que fue el pasado 18 de agosto, cuyo texto encontró Tere en Cuesta, regalándome un ejemplar del cuaderno. “El Ritmo como signo del lenguaje poético” (Edición sin pie de imprenta, S.D., 2026, 96 pp) me ha decepcionado como libro, pues de sus casi cien páginas sólo 27 bastaron para la disertación, mientras casi todas las demás son fotos sin epígrafe ni descripción, al parecer fruto de la rapidez con que se hizo esta edición de sólo 100 ejemplares. Pero mi desilusión con el libro no significa que el ensayo sea deficiente. Al contrario, es una sólida demostración de la capacidad analítica, discursiva y literaria del doctor Belliard. 

“Eccole quindi la questione:” Dado que Belliard es un consagrado literato de refinada voz propia, que ha roto lanzas con uno o dos defensores dominicanos de la desdeñada poética del lingüista francés Henri Meschonnic (1932-2009), creí que se referiría explícitamente al asunto que tantas estériles ronchas y agravios ha provocado en Santo Domingo, la “poética del ritmo”. Esta nunca prendió como teoría ni escuela literaria en ninguna de las grandes capitales literarias del mundo, quizás por la dificultad sudorosa de sus defensores para explicar su necesidad o utilidad, aunque tuvo chapulines en la periferia tercermundista. El pésimo poeta francés metido a fallido crítico disruptivo, proponía que la literatura debe entenderse y analizarse de forma distinta al tradicional conocimiento de que el ritmo es, como en todos los sistemas de comunicación simbólicos, una fuerza unificadora que organiza lo que se expresa para darle mayor efectividad. En vez de considerar al ritmo como el orden acompasado en la sucesión natural (o creada por el hombre) de todas las cosas, existente en los fenómenos físicos o el habla, como sinónimos de compás, cadencia o tempo, Meschonnic aspiraba a romper el sentido etimológico griego de “rythmos”, que significa movimiento regulado. Tampoco satisfacían al lingüista francés las otras dos acepciones de ritmo: “sensación perceptiva producida por lacombinación y sucesión regular de sílabas, acentos y pausas en el enunciado, especialmente en el de carácter poético” o “proporción guardada entre los acentos, pausas y repeticiones de diversa duración en una composición musical”.

Mucho mambo… 

Es difícil explicar lo que no se entiende. Aun así, las mayores complejidades siempre pueden definirse para que se puedan demostrar o enseñar en un aula. Lógicamente, a mayor complejidad, más herramientas del conocimiento o instrucción fundamental es requerida, igual como la zapata de un edificio requiere más acero y concreto a medida que este sea más alto, fuerte y pesado. Una de las excusas o justificaciones de los defensores de la poética del ritmo de Meschonnic es que “los demás” no entendemos de qué se trata. Afortunadamente, con recursos adecuados cualquiera medianamente inteligente puede entender o aprender casi cualquier cosa, más en esta era de híper-conectividad digital. Por ejemplo, el Ministerio de Educación, Enseñanza Superior e Investigación de Francia, patria de Meschonnic, ofrece a través de varios sitios web, como Persee.fr, “acceso libre y gratuito a colecciones completas de publicaciones científicas (revistas, libros, actas de congresos, publicaciones en serie, fuentes primarias, etc.), junto con una gama de herramientas de búsqueda y explotación”. Ahí cualquiera puede consultar el artículo titulado “Le sens du rythme chez Henri Meschonnic” (El sentido del ritmo en Meschonnic), por Françoise Wuilmart (Frameries 1942), en la revista “Équivalences” (París, año 47mo, No. 1-2 del año 2020, páginas 209 a 227), edición dedicada a “desmitificar la traductología”. Wuilmart es una afamada traductora literaria y profesora belga, fundadora y directora del Centro Europeo de Traducción Literaria (CETL). 

En su ensayo escrito originalmente en alemán, Wuilmart explica: “En la concepción habitual, la palabra ‘ritmo’ evoca tanto la cadencia como la métrica. En la obra de Meschonnic, su idea del ritmo se aleja de la periodicidad y la ornamentación para significar, en cambio, el movimiento de una enunciación a través de dos continuos gemelos: ritmo/sintaxis/prosodia y cuerpo/lenguaje. Lo que importa –para Meschonnic— es lo que un poema hace con el lenguaje, no lo que dice. Una traducción justa prescindirá de la distinción entre forma y contenido; hará con la lengua de llegada lo que la escritura original hizo con la lengua de partida. La traducción, en este sentido, constituye una forma de poética experimental. Ya no es una actividad secundaria, sino un poderoso examen crítico de la propia teoría lingüística”. Pero ¿quién determina “lo que un poema hace con el lenguaje, no lo que dice”? 

Tras contradictorios devaneos académicos y una mediocre obra poética propia, que dificultaron ser aceptado por los grandes pensadores europeos y norteamericanos del momento como su par o ser tomado con seriedad, el lingüista francés reformuló su teoría en un polémico libro de 1982, “Critique du rythme: Anthropologie historique du langage” (Crítica del ritmo: Antropología histórica del lenguaje), que pretendía destruir la tradición literaria occidental que atribuye un dualismo paralelo pero separado al ritmo o sonido, la forma, y al significado o contenido. Meschonnic se guayó además al mezclar sus ideas con otras consideraciones sociopolíticas y antropológicas, con valoraciones sobre asuntos morales, éticos y hasta jurídicos, rechazadas por lingüistas de casi todas las distintas orientaciones o posiciones políticas o partidistas. 

En su discurso de ingreso a la Academia de Ciencias, Belliard defendió con gran elegancia el canon estético occidental, reiterando que “el ritmo poético está asociado al espacio de la página y al tiempo” y que “espacialidad y temporalidad se atraen y forman una dialéctica de la expresividad”. A veces los tablazos más duros llegan con igual silencio y puntería que la letal saeta borgiana. Belliard prefirió erguirse sobre la vacuidad e ignorar los insultos en su contra que reiteradas veces ha proferido el sacerdote mayor de la implosionada teoría del ritmo de Meschonnic, quien a principios de junio publicó sobre Belliard que “ese poeta es todo un doctor en literatura, pero seguramente es un discípulo del Cusano”. En junio, al comentar este episodio de “Peyton Place”, recordé que es una fea referencia al cardenal alemán Nicolaus von Kues (Cusa 1401-Todi 1464), matemático y filósofo de finales del medioevo, citado erróneamente con frecuencia –sin haberlo comprendido— para insultar a algún contrario, pues es autor de una “doctrina de la docta ignorancia”. Belliard ignorante no es, ¡pero sí ignoró al oficiante “meschónnico”!