Aquarela do Brasil
Luces y sombras de la influencia política y social brasileña en la región
El 20 de diciembre de 1955 fue inaugurada la Feria de la Paz y Confraternidad del Mundo Libre, conmemorativa del 25 aniversario de la Era de Trujillo, en un impresionante conjunto arquitectónico vanguardista enclavado mirando al mar Caribe, levantado en tiempo récord por los más talentosos arquitectos e ingenieros del país. Gracias a mis tíos Arístides Álvarez Sánchez y Cruz Emilia Pichardo Sardá, así como al entrañable primo hermano César Augusto (Von) Piantini del Castillo, pude disfrutar al máximo de esa grata experiencia que nos puso en contacto con los perfiles de múltiples naciones y tecnologías desconocidas, amén de atractivos espectáculos. Apenas contaba 8 años y cursaba el 3er grado de primaria de La Salle.
La Feria se extendió a 1956 y coincidió con el inicio de la presidencia en Brasil del médico del Partido Social Democrático Juscelino Kubischek, quien ese año fue visitante distinguido, resaltado por los medios de prensa como El Caribe y La Nación y los noticiarios televisivos de La Voz Dominicana. Con la participación protagónica de los arquitectos Lucio Costa y Oscar Niemeyer, el respetado mandatario desarrollista impulsó la construcción de Brasilia como nueva capital federal, redes de carreteras que enlazaran sus 8.5 millones de Km2, centrales hidroeléctricas, plantas industriales incluido el sector automotriz y el fomento del Nordeste.
Ya entonces Aquarela do Brasil, del compositor Ary Barroso, sonaba como samba carnavalesca y seña de identidad nacional, acogida por orquestas y cantantes de relieve internacional, llevada al cine por Disney y al acetato en las voces de Sinatra, Crosby, Conniff, siguiendo la huella original de 1939 de Francisco Alvez y Radamés Gnattali, continuada décadas después por Jobim, Regina, Gilberto, Costa, Simone. “Brasil/ Mi Brasil brasileiro/ Mi mulato alborotador/ Te cantaré en mis versos/ Brasil, samba que da/ Tambaleo que hace balancearte”. Una cadencia que se registró retozona en mi temprana memoria musical.
Luego Brasil se me presentó en formato de libro, con los textos maravillosos del historiador y geógrafo cubano Leví Marrero: Viajemos por el Mundo y Viajemos por América. Sus dimensiones ciclópeas se mostraban sin más, arropando con inmensidad de verde amazónico el relieve de Sudamérica, resaltando la composición multiétnica de su enorme población.
Más adelante llegó otra dimensión en pantalla grande en Orfeu Negro (1959). Una producción franco brasileira italiana dirigida por Marcel Camus, basada en obra de Vinicius de Moraes que mueve la tragedia de Orfeo y Eurídice al escenario del carnaval de Río y la favela popular de los cerros. Banda sonora de Tom Jobim y Luíz Bonfá, A Felicidade y Manhá de Carnaval catapultaron la MPB por el mundo con el bossa tocando los sentidos. Mi tío Mané Pichardo, guitarrista consumado, seducido por esta música y la destreza de Baden Powell de Aquino, fue habitué de estos aires.
Otros brasileiros nos visitaron en 1965, uniformados como Fuerza Interamericana de Paz. Su comandante el general Panasco Alvim -veterano del esfuerzo solidario con los aliados en la 2da Guerra Mundial-, era, al decir del propio embajador norteamericano Ellsworth Bunker, un verdadero estorbo en el proceso negociador de una salida política a la crisis bélica del 65. Percibiendo comunistas por doquier preconizaba arrasar con la Zona Constitucionalista. Los militares, montados en la ola que se llevó a Bosch, Villeda Morales, Idígoras, Arosemena, derrocaron a Goulart en 1964 y entronizaron con Castello Branco y sucesores una dictadura en Brasil por 21 años. Cuya sombra, bajo la doctrina de seguridad nacional, se extendió luego al Cono Sur.
Fue en Chile, entre 1966 y 1971, que mantuve enriquecedora relación con una nutrida representación del exilio académico brasileiro que recibió acogida generosa en esa nación que se identifica así en su himno: “O la patria será de los libres/ o el asilo contra la opresión”. Allí compartí como compañero en la Escuela de Sociología con José Luis Fiori, hijo talentoso del filósofo católico y educador Ernani María Fiori, quien ocupara la vicerrectoría académica de la Universidad Católica y laborara en el Instituto de Ciencias Políticas. Produciendo, en colaboración con otro exiliado, Paulo Freire, textos icónicos del pensamiento católico renovado, como Pedagogía del oprimido.
En la plantilla docente de la U. de Chile, tuvimos la presencia de los sociólogos y economistas Theotonio dos Santos, Vania Bambirra y Rui Mauro Marini, con sus contribuciones originales a la nueva teoría de la dependencia, coincidiendo con el sociólogo e historiador alemán André Gunder Frank y sus estudios sobre los orígenes del subdesarrollo. Compartiendo cátedra con la brillante economista María Conceiçao Tavares y el politólogo Francisco Wefort, expositor de los movimientos y liderazgos populistas como el de Getulio Vargas en Brasil. En tanto Gino Germani nos ilustraba en FLACSO acerca del peronismo, los sindicatos y el rol de las clases medias.
En ILPES y FLACSO nos beneficiamos del talante académico superior de Fernando Henrique Cardoso, coautor con Enzo Faletto -nuestro profesor de Teoría Sociológica y colega cervecero en Las Garzas- del clásico Dependencia y Desarrollo en América Latina, editado en 1969 con 30 reimpresiones de Siglo XXI. Con Cardoso, quien sería senador, ministro de Exteriores y Hacienda, así como presidente de Brasil (1995/2003), coincidí en 77/78 en el acogedor The Wilson Center en Washington cuando pertenecía al comité académico de su Latin American Program y yo agotaba una estancia como guest scholar. Viéndonos luego en múltiples oportunidades, hoy todavía con nosotros a sus 94.
Al regresar al país e integrarme a la UASD en 1971, encontré una excelente camada de sociólogos formados en la U. Católica de Río de Janeiro. Mi viejo amigo socialcristiano Giusseppe Rimoli, consagrado docente supertalentoso, el carismático director de Sociología, Dagoberto Tejeda, realizaría notables estudios sobre cultura popular y carnaval. Su predecesor, entonces vicedecano, Rolando Pérez Uribe, reputado profesional con desempeño destacado en la administración pública. Walter Cordero, un muy querido colega, con él emprendimos investigaciones sobre historia económica y comportamiento electoral. Radhamés Mejía, prestigioso vicerrector en la PUCMM y rector en UNAPEC, experto en educación. Y Leovigildo Báez, profesor universitario y director de la Escuela Diplomática de la Cancillería.
Otros amigos se nutrieron académicamente de Brasil. Los hermanos William y Manuel Read, Nandy Rivas y Freddy Beras Goico, Ramón Hungría y Jesús María Hernández.
En las últimas décadas del siglo XX, las telenovelas y largometrajes brasileiros inundaron los espacios de la buena TV y las salas de cine de calidad con sus propuestas escénicas mezcla de picaresca, sensualidad y color histórico. La obra estupenda del celebrado novelista Jorge Amado fue llevada al cine y a la pantalla chica. Doña Flor y sus dos maridos en 1976, Gabriela Clavo y Canela en 1983 y Tieta do Agreste en 1996, las tres estelarizadas por la erotizante Sonia Braga, y esta última también plasmada en telenovela en 1989 con Betty Faría. Mientras las dos primeras serían lanzadas como episodios seriados en el siglo XXI.
Los que acompañábamos a nuestras familias en la exposición diaria a la tele, dimos seguimiento a La Esclava Isaura, ambientada en el s. XVIII con 100 episodios. A Dancin? Days con 173 y la actuación superba de Sonia Braga, a Baila conmigo con la versátil Betty Faría. Ubicados en el XIX, en el nordeste, un monaguillo dado por mártir, Roque Santeiro, se convierte en fuente milagrera en 209 entregas, reapareciendo inesperadamente en carne y hueso. Xica da Silva, con 231 capítulos magistrales y la actuación de Táis Araújo, nos muestra la vida de una esclava liberta a mediados del siglo XVIII que le parió 13 vástagos a un comendador y se erigió en el ser más poderoso de su dominio.
Doña Bella, ambientada en el siglo XIX y protagonizada por el sex symbol Maite Provença, desgranó en 89 episodios los encantos naturales con los que Dios hizo a Eva ora bajo una chorrera o montando desnuda un brioso corcel mostrando la manzana. Una telenovela que elevó las cotas de audiencia masculina en Iberoamérica. Mientras que Terra Nostra desplegaba la saga de la inmigración italiana que arribó a Brasil entre finales del XIX e inicios del XX.
Este balance apretado no debe desdeñar la influencia de la música brasileira, en especial el bossa nova, en generaciones de compositores, instrumentistas y vocalistas dominicanos, acunados a finales de los 50 e inicios de los 60 en la renovadora y experimentalista matriz sonora que fue Rahintel y su emblemática dominical Hora del Moro. Con Solano, Troncoso, Echavarría, Lugo, Sánchez Acosta componiendo. Así como Guillo e Irma Carías, los Solmeños (Nandy Rivas, Horacio y Rafael Pichardo, Tito Saldaña), Niní Cáffaro, Fernando Casado, Cuqui Defilló, Ivette Pereyra, Luchy Vicioso, Sonja Lefeld. Un aliento de aire fresco matizado por las notas brasileiras.
Francisco Gañán en Le Café del Malecón de los hermanos Read Velázquez programó en las bocinas Canton lo mejor de la música brasileira, de la cual se enamoró junto a una carioca en la Casa de Brasil de la Ciudad Universitaria de París, cuando estudiaba lingüística y apuraba los encantos de la vida disipada. Chico Buarque con la ternura lésbica de Mar y Luna, las reflexiones vitales de O que será, la lírica enamoradiza de A pesar de voce, Juana francesa y Eu te amo. O nos traía el ambiente sónico envolvente de Jobim en su propia voz con Aguas de Março, Chega de Saudade, Insensatez, Samba de Uma Nota So, Eu Sei Que Vou Te Ama y la infaltable Garota de Ipanema, ambas maceradas junto Vinicius de Moraes. Desfilaban Elis, Gal y María Bethania, Caetano, Iván, Caymmi y Nascimento. Cerraba el clarinete prieto de Pixinguinha y su nostálgico Carinhoso.
En esas sesiones conocí a Noel Rosa y su graciosa Conversa de Botiquin, que Francisco traducía entusiasmado. La poeta Cristiane Grando, a cargo de la Casa de Brasil en Gascue, nos convidó a ver el biopic Noel: Poeta da Vila, al concierto en el TN “Do Classico a Bossa Nova” del Dúo Santoro y Leticia Barros, violoncelos y percusión, y a la actuación de una banda integrada por jubilosos empleados de Odebrecht en el centro cultural. Poniéndome en contacto con Luciano Martins y su Agulha Revista de Cultura, a la que aporté mi texto sobre Granell y Bretón en Santo Domingo.
Como expresaban alegres Von, Mané, Guillermo y Carlos, los primos Piantini músicos en San Carlos: “Brasil pra mim”.