Arte como antídoto a la reinvención de la historia
Reflexiones sobre la literatura, la historia y la tecnología en la sociedad actual
¡Cuánto me alegró leer sobre la apertura del Centro Cultural Rainieri en la pujante comunidad de Punta Cana, paraíso turístico que es un orgullo nacional! Me impactó que una de sus innovadoras propuestas es contar “la historia dominicana más allá de los libros”, con una exposición en su tercer piso con “objetos cotidianos e históricos” para explicar cómo la sociedad dominicana ha llegado a ser lo que es. Una crónica de prensa la describe: “en una sala oscura, las piezas iluminadas parecen flotar en vitrinas y paneles transparentes, mientras cada elemento despierta conversaciones sobre qué historia guarda”. No creo que se trate de desdeñar los libros, ¡Dios nos libre de semejante ocurrencia! Más bien, según explicó el mecenas Frank R. Rainieri, es una invitación “a descubrir la identidad dominicana desde distintas perspectivas, como la historia, la música, la gastronomía, el arte y sugerentes experiencias interactivas”. La idea va muy acorde con las tendencias inevitables de mudanza del soporte de las ideas, desde el papel hasta los artilugios digitales o pantallas con píxeles cada vez más diminutos y coloridos, que junto con la IA quizás lleguen a confundir a mi generación mezclando realidades y figuraciones.Leí además que “más que un espacio para contemplar objetos y obras de arte”, como los museos tradicionales, “es un lugar donde la historia y la cultura cobran vida a través de experiencias interactivas, que invitan a explorar, escuchar, tocar y hasta bailar”.
El Centro Rainieri, frente al aeropuerto de Punta Cana, “ofrece un recorrido por la identidad dominicana, desde sus raíces históricas y tradiciones hasta la transformación de Punta Cana”. Ojalá que, antes de que desaparezcan definitivamente los libros impresos en papel con tinta, este imponente palacio de la cultura acoja también a autores, editores y otras creadoras literarias que nos resistimos a llegar sin retorno a ese futuro indetenible que tenemos encima, tan ligero como la atmósfera pero igualmente aplastante. Ya estoy planeando que mis nietos me lleven a visitarlo… I miei generosi compatrioti sono ammirevoli!
¡Ya me llegó!
Por fin voy a leer el más reciente libro del nicaragüense Sergio Ramírez (Masatepe 1942), La Maldición de Ramfis, Alfaguara, Barcelona, 2026, 230 páginas), Premio Cervantes en narrativa. Es acerca de un crimen a bordo del antiguo yate de Trujillo, el Angelita, rebautizado tras el ajusticiamiento del tirano como “Sea Cloud”, en que imbrica la corrupción, la impunidad, la violencia y un sorprendente buen humor para aligerar la tensión de esta novela policial y política que viene siendo muy aplaudida por la crítica internacional. Ya les contaré.
¡Cuánto mecenazgo!
Ante otras urgencias que al parecer ofrecen mejores resultados políticos o proselitistas, este Gobierno y otros anteriores prefieren invertir o gastar poco en la promoción cultural, excepto el de Balaguer que construyó hace medio siglo la magnífica Plaza de la Cultura en Santo Domingo como obra emblemática. El apoyo actual más notable es a la feria del libro, celebrada en esa plaza. Pero se podría hacer mucho más. El ejemplo de lo posible lo ofrecen familias con fundaciones que han creado entidades tan importantes como el Centro León en Santiago, el Museo Bellapart en Santo Domingo, el Centro Perelló en Baní y Altos de Chavón en La Romana, donde se enseña, instruye y enseña sin que le cueste un centavo al Gobierno. Grupos empresariales como el Popular, MercaSID, Banco BHD, Brugal, Cemex y otros patrocinan importantes publicaciones institucionales propias o de autores independientes. La familia Vicini participa en la puesta en valor de la Ciudad Colonial. Las familias Farach, Rizek Guerrero, Báez Tavárez y otras demuestran un gran sentido de responsabilidad social financiando fundaciones o compartiendo sus colecciones privadas de artes plásticas en exhibiciones abiertas gratis al público. La semana pasada, por ejemplo, en el Centro León se realizó un recital en voz de 20 autores para conmemorar la fecha de nacimiento de Salomé Ureña de Henríquez, como parte de la decimoquinta Semana Internacional de la Poesía.
¡Cuánto insisten!
También recibí hace unos días un regalo anónimo, el libro La Banda Colorá, subtitulado “una pandilla parapolicial en los doce años de Balaguer” (Impresora Soto Castillo, S. D., 2026, 234 páginas), por Alejandro Paulino Ramos (San Francisco de Macorís 1951). El autor hizo estudios en FLACSO y es magíster en historia dominicana por la UASD, de cuya biblioteca fue funcionario de 1973 a 2007. Es miembro correspondiente de la Academia Dominicana de Historia. Fue director de la biblioteca del Archivo General de la Nación del 2005 al 2011 y subdirector del AGN del 2011 al 2017. Ha publicado al menos otras diez obras, entre ellas en 1985 una apología de las ideas marxistas en Santo Domingo. La semana pasada me referí a la importancia del “peer review” de ensayos con pretensiones académicas y tras leer este me pregunté si los compañeros del autor en la ADH lo revisaron previo a su publicación. De sus 234 páginas, bastaron 117 para una exaltación de muchas acciones directas de las agrupaciones MR1J4, MPD, PCD, PACOREDO y otras, cuyos dirigentes y militantes continuaron combatiendo tras perder la guerra civil de 1965. Las demás páginas son copias facsimilares de periódicos de los doce años de 1966 a 1978, con letricas ilegibles. Quien desconozca nuestra historia creerá que el Gobierno andaba cazando comunistas dedicados a la contemplación meditativa o la oración monástica, cuando se trató de la expresión local de la guerra fría entre la URSS y Estados Unidos. Nadie puede negar los excesos, crímenes, abusos y tropelías cometidas por La Banda y la Policía, pero tampoco las acciones terroristas de estos jovencitos, desde asesinar guardias y policías, secuestrar diplomáticos y empresarios, asaltar bancos, hasta organizar comandos subversivos para apoyar la ridícula guerrilla de Caamaño en 1973 o asociarse con el general Wessin, su enemigo en la revolución, para intentar tumbar a Balaguer. Yo no acabo de entender este afán por reescribir la historia para idealizar a unos pocos pobres idealistas y otros muchos facinerosos que deseaban convertir a este país en otra Cuba. Este libro lo leerán los despistados que quieren seguir siéndolo… Mis derechistas tíos solían repetir "meglio morto che rosso!”
¡Cuánto miedo!
Escuché en la RAI-TV que la IA podría amenazar la continuidad de la especie humana. ¿Sufriremos primero la extinción de la industria editorial como existe hoy? Vean esto que me envió Mafalda. Lo tomó de un post en francés y lo tradujo al español, sospecho que con ayuda del tío Gepetto. Recordé otra vez a Ray Bradbury y Fahrenheit 451. Dado que se trata de material del dominio público me atrevo a reproducirlo:
“Un librero especializado recibió un sorprendente pedido de mil libros antiguos. Su perplejidad fue absoluta. Al misterioso comprador no precio, su rareza ni su contenido: solo quería papel, en cantidades industriales. Sospechó algún asunto turbio. El librero se alía con unos blogueros y, en secreto, esconden un pequeño dispositivo rastreador digital con GPS en una de las cajas. El sencillo transmisor de localización sacaría a la luz un secreto oscuro de la tecnología moderna. Superaba sus peores pesadillas. La señal digital atravesó los Estados Unidos desde la costa atlántica. Terminó deteniéndose en un inmenso almacén anónimo de Amazon, en el desierto de Nevada, cerca de Las Vegas. Al entrar al edificio fuertemente custodiado, los periodistas descubrieron una auténtica fábrica de masacre literaria. Toneladas de libros iban alineadas sobre cintas transportadoras industriales. La escena era de una violencia inédita para los amantes de la lectura: enormes máquinas cortaban los lomos, arrancaban las cubiertas y separaban las páginas. Las hojas las escaneaban de inmediato a gran velocidad. Los libros escaneados iban a una trituradora. Quedaban hechos polvo. Tras destruir el papel, la vida de estos libros terminaba: borrados de la realidad física. Al preguntar al gigante comercial sobre esta práctica, confirmaron la aterradora verdad: compran libros raros en masa para alimentar con sus datos a sus algoritmos de inteligencia artificial y destruyen la obra física tras su digitalización. Comprar. Destrozar. Digitalizar. Alimentar a la máquina. Incinerar las fuentes. La curiosidad de un librero y reporteros digitales, cuyo dispositivo de rastreo compraron en Amazon, desveló cómo los gigantes tecnológicos saquean el patrimonio humano para construir su mundo virtual. A menudo nos dicen que el progreso tecnológico preserva nuestra memoria y facilita la vida. Pero esta historia nos recuerda, de forma brutal, que, en nuestra carrera desenfrenada hacia el futuro, algunos están dispuestos a sacrificar la belleza del pasado y el alma de algunas cosas para alimentar a máquinas carentes de corazón. Un mundo que quema sus libros para alimentar a robots puede haber ganado velocidad, pero va perdiendo, definitivamente, su humanidad”.
Para escalarecer cuáles son las limitaciones prácticas de la IA, recomiendo leer Artificial Intelligence: A Guide for Thinking Humans (IA, Guía para Humanos Pensantes, Picador, Nueva York, 2025, 336 páginas) por la doctora Melanie Mitchell (Los Ángeles 1962). Con respecto al dilema ético de cómo encajar dentro de los valores humanos a sistemas superinteligentes, pueden leer Human Compatible: Artificial Intelligence and the Problem of Control (Compatible con Humanos: IA y el Problema del Control, Penguin Books, Londres, 2020, 352 páginas), por Stuart Russell (Portsmouth, UK 1962). Ambos autores son reconocidos expertos en IA. Finalmente, para disipar tanta pesadez, miren a ver si ven una película italiana de 1968, que vi años después en Roma: Ranger: Diabolik, dirigida por Mario Bava, producida por Dino de Laurentiis con música por Ennio Morricone, sobre una linda pareja que realiza robos espectaculares usando la alta tecnología de hace casi 60 años. Quando eravamo ragazze, non sognavamo nemmeno l’intelligenza artificiale...