Desconectar también cuesta
Una rutina cada vez más difícil de controlar
Padres, madres, profesores y abuelos repiten la misma preocupación: el uso intensivo de pantallas está moldeando la infancia a una velocidad inquietante. Videos interminables, juegos diseñados para crear dependencia y contenidos capaces de alterar la atención y la convivencia forman parte de una rutina cada vez más difícil de controlar.
Pero la discusión suele quedarse a mitad de camino. Limitar celulares y tabletas parece sencillo en teoría, hasta que aparece la realidad económica de muchas familias. No todos pueden pagar deportes, idiomas, música o campamentos. Tampoco todos tienen acceso a centros educativos con tandas extendidas donde los niños aprendan, jueguen y permanezcan acompañados.
Entonces surge la contradicción: se pide desconectar a los niños mientras miles de hogares carecen de alternativas reales para ocupar su tiempo de forma segura y educativa.
Por eso el debate no puede reducirse a prohibiciones o resoluciones oficiales. La pregunta exige respuestas más profundas: cómo proteger a la niñez de las adicciones digitales sin ignorar que, para muchas familias, desconectar también cuesta dinero.