De ángeles, hombres y demonios
El pueblo como freno principal pero insuficiente ante el gobernante
Uno de los pasajes más citados de los escritos de James Madison, considerado el padre de la Constitución de Estados Unidos y el más grande constitucionalista de todos los tiempos según el parecer de este articulista, se encuentra en el núm. 51 de The Federalist Papers, el cual dice lo siguiente: “… la mayor seguridad contra la concentración gradual de los diversos poderes en un solo departamento reside en dotar a los que administran cada departamento de los medios constitucionales y los móviles personales necesarios para resistir las invasiones de los demás… Quizás pueda reprochársele a la naturaleza del hombre el que sea necesario todo esto para reprimir los abusos del gobierno. ¿Pero qué es el gobierno sino el mayor de los reproches a la naturaleza humana? Si los hombres fuesen ángeles, el gobierno no sería necesario. Si los ángeles gobernaran a los hombres saldrían sobrando lo mismo las contralorías externas que las internas del gobierno. Al organizar un gobierno que ha de ser administrado por hombres para los hombres, la gran dificultad estriba en esto: primero hay que capacitar al gobierno para mandar sobre los gobernados; y luego obligarlo a que se regule a sí mismo. El hecho de depender del pueblo es, sin duda alguna, el freno principal indispensable sobre el gobierno; pero la experiencia ha demostrado a la humanidad que se necesitan precauciones auxiliares”.
Este pasaje constituye uno de los pilares de la visión constitucional y de la propia identidad política de la nueva nación que se fundó sobre la base de los trece estados que surgieron de las trece colonias que, en un esfuerzo conjunto, lucharon por la independencia del colonialismo británico. El primer pilar antecedió al proceso constituyente y quedó plasmado en la famosa frase que Thomas Jefferson insertó en la Declaración de Independencia, según la cual es una “verdad evidente” -es decir, no necesita demostración- “que todos los hombres son creados iguales; que su Creador los dotó de ciertos derechos inalienables; que entre estos se encuentran la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad”.
Mientras Jefferson se enfocó en los derechos de las personas, incluyendo el derecho a rebelarse contra un gobierno despótico inspirado en lo que John Locke había dicho algo más de cien años antes, Madison se preocupó en la forma de gobierno que esa nueva nación adoptaría para evitar caer de nuevo en el despotismo. En el pasaje de Madison se destacan las siguientes ideas: una, un escepticismo sobre la naturaleza humana, de ahí que en el ejercicio del poder no se pueda confiar enteramente en la bonhomía, en las buenas intenciones o en las proclamas redentoras de los gobernantes; dos, el pueblo, en el ejercicio de su derecho a decidir quién gobierna, es el principal freno de los gobernantes, pero este control resulta insuficiente, ya que, según se desprende, el pueblo sólo participa periódicamente en los procesos electorales; tres, el poder, como Madison dice en otro pasaje, “tiende a extenderse y que se le debe refrenar eficazmente para que no pase de los límites que se le asignen”; cuatro, la manera de evitar el despotismo es construyendo un sistema en el que, siguiendo a Locke y a Montesquieu, “después de diferenciar en teoría las distintas clases de poderes, según que sean de naturaleza legislativa, ejecutiva o judicial, la próxima tarea, y la más difícil, consiste en establecer medidas prácticas para que cada uno pueda defenderse contra las extralimitaciones de los otros”.
De esta manera, Madison articuló en un solo núcleo conceptual, como nadie antes o después que él, la teoría de la división de poderes con la teoría de los frenos y contrapesos (los llamados checks and balances), lo cual constituye un rasgo distintivo del constitucionalismo norteamericano. Como los hombres no son ángeles ni los ángeles gobiernan a los hombres, la estructura de poder debe contar con las normas, las instituciones y los procedimientos (la Constitución y las leyes) que enmarquen y controlen el accionar de los gobernantes. De ahí surgen los límites, los controles y los contrapesos entre las diferentes ramas del gobierno para que nadie se apropie de todos los poderes o pretenda gobernar sin observar los límites legales, los cuales se establecen precisamente para evitar excesos y abuso del poder.
Esta visión madisoniana, que se sustenta en un escepticismo que alcanza a la naturaleza humana y al ejercicio del poder, tiene validez tanto en el ámbito interno de los países como en el ámbito internacional de las relaciones entre los Estados. A pesar del reconocimiento de que el poder y la fuerza han sido factores claves en las relaciones entre las naciones durante siglos, una de las grandes conquistas de la humanidad fue llegar a plasmar un orden jurídico internacional que permitiera resolver las controversias de la manera más justa y pacífica posible. Ciertamente, las guerras y los conflictos están lejos de desaparecer, pero la legalidad y la institucionalidad internacional que se creó a partir de la Segunda Guerra Mundial sirvió para contener tensiones, reducir los riesgos de la guerra y limitar la capacidad de los más poderosos de imponerse por la fuerza contra los más débiles.
Estos logros, cuyas fuentes primarias son en gran medida las ideas de pensadores como Madison y otros genios políticos e intelectuales del momento fundacional de Estados Unidos, hay que preservarlos, enriquecerlos y fortalecerlos. Desestructurar o debilitar los sistemas normativos y los mecanismos de frenos y contrapesos para volver a un ejercicio del poder basado en una voluntad humana absoluta e incontestable no hará otra cosa que desatar demonios que nada ni nadie, a la postre, podrá contener.
Como los hombres no son ángeles ni los ángeles gobiernan a los hombres, la estructura de poder debe contar con las normas, las instituciones y los procedimientos (la Constitución y las leyes) que enmarquen y controlen el accionar de los gobernantes. De ahí surgen los límites... para que nadie se apropie de todos los poderes
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