Lo que va a pasar mañana
Entre playas y discursos se diluye el sentido de la patria
Mañana es 27 de febrero. Un viernes perfecto para agrandar el weekend. Los planes solo aguardan el inicio del día. Antes del mediodía las vías hacia el este, el norte y el nordeste se atestarán. El ocio convoca: hoteles, villas, balnearios, playas y aeropuertos. Cada uno llegará a donde el bolsillo lo lleve, pero pocos desperdiciarán el asueto.
Muchos dejarán la casa al cuidado de una bandera y así aquietar la “culpa patriótica”. La ciudad capital le quedará al Gobierno para desplegar con holgura los actos oficiales, agenda que cada año pierde simpatías y fans. Quizás lo más llamativo sea el desfile militar, un evento al que asiste la gente del barrio.
Escasean motivos para quedarse en casa, quizás los capitalinos se motiven a hacerlo para estrenar la línea 2C del Metro, una obra denigrada de mil maneras por la oposición. Que tanto cuesta en un país de baratos ocios acreditar un esfuerzo de tanto beneficio colectivo. Mezquindad de la politiquería…
En la Asamblea Nacional se mueve un protocolo tan pesadamente previsible que la prensa, a tono con la trivialidad de la era, pondrá a competir los diseños de gala de las diputadas, senadoras y funcionarias. Solo faltará la alfombra roja y el photocall propio de las ceremonias de premiación. No nos causaría extrañeza si en esa antesala montan el backdrop con los logos de los patrocinadores: los ministerios de grandes presupuestos y… ¿por qué no? ¡Senasa!
Pero lo que no deja de ser un déjà vu es el discurso de rendición de cuentas. Una arenga tan densa como optimista. Para los que tenemos imaginación febril, mientras el presidente lee su discurso será inevitable traer un correlato de preguntas y mitigar así el tedio de su duración: quién lo redactó, cómo se compilaron los datos, cuántos ensayos de lecturas hizo el orador, cómo se manejó la coordinación con el operador del telepromter...
Por suerte Abinader es un buen lector y gestiona hábilmente las inflexiones de voz. Ya nos imaginamos las ovaciones de los funcionarios que repetidamente interrumpirán su alocución ante la disimulada apatía de los opositores.
Pero no nos libraremos de las emisiones especiales de la televisión: un panel con los mismos “expertos” de cada año pontificando sobre lo obvio, prediciendo lo previsible y menudeando el discurso. Cubrir con improvisaciones las tres horas previas a los actos de la Asamblea Nacional es desgastante; verlo, torturante. Un guion soporífero, gastado y redundante.
Lo más predecible que un sol de verano serán las reacciones recogidas por la prensa. Los legisladores del oficialismo ensalzarán el discurso y con ímpetu emotivo dirán que la gestión fue histórica. Del lado opositor se apelará a las muletillas de siempre: “¿De qué país habló el presidente? “El presidente manipuló datos y omitió otros”, “Un discurso repleto de sesgos y mentiras”, “Para el presidente el país es un paraíso”, “Claro, habló de un país que solo él y sus funcionarios disfrutan”. Las mismas sartas que usó el PRM cuando era oposición.
La semana siguiente promete ser una siesta rumiante. El discurso será desguazado una y otra vez. Los “gobiernos radiales” se disputarán los pedazos. Y como está de combativa y amotinada la oposición, no dudo de cierta concertación en la temática de la crítica, en un momento de prematura ebullición electoral. Rogaremos que ocurra un evento “trascendente”, como el ingreso de Abel Martínez a la Fuerza del Pueblo o el anuncio del matrimonio religioso de Tokischa, con los cuales liberarnos del canturreo posdiscurso.
Así es nuestra política: pugnaz y anodina. El Gobierno busca impresionar y la oposición banalizar, ambos para generar réditos políticos. Y lo hacen casi siempre sin honestidad: con argucias o sofismas. Un duelo de narrativas contrapuestas que no acepta concesiones ni créditos. En el medio, un pueblo con déficits comprensivos arrastrado a los extremos por los fanatismos, con pocas mentes que equilibren los razonamientos.
Pero, por si se nos olvidaba, mañana es un día para la patria, un concepto en crisis. Entrar en esas reflexiones en un momento como el que vivimos es ocioso. Lo dejamos ahí.
El 27 de febrero no guarda otro motivo que un merecido asueto. Recordar a Duarte y a los patricios será siempre cumplido, poema o atavío retórico. Su memoria es un tejido de evocaciones vacías. Y es que cuando el sentido de nación pierde latidos no hay motivación que convoque devociones.
Duarte no interpreta la cultura en la que su sueño de nación quedó ahogado; una sociedad tricolor, y no por los tonos de su bandera, sino por los submundos enredados en sus vísceras: los de arriba, los del medio y el gran sedimento, existencias tan superpuestas como desconectadas, cada una con su propia visión de futuro.
A pesar de todo y de la playa, el referente de los trinitarios seguirá inspirando motivos. En cada prueba se afirma la convicción de que no podemos seguir de espaldas a deberes tan altos como los que asumió Duarte en su proyecto de vida. Esos que nos dieron un nombre propio en el planeta: ¡dominicanos! Y a orgullo.