¿Y cómo diablos viven?...
La brecha inalcanzable entre el salario mínimo y la canasta básica
Pocos dominicanos tienen una misma respuesta a esa pregunta. Cada hogar le da una solución propia. La sobrevivencia ha sido una de las condiciones más creativas y en este país estrena formas distintas.
Algo sí está claro: los ingresos nunca alcanzan. Sueldos y costo de vida corren en sentido inverso. Los incrementos e indexaciones salariales nunca llegan al umbral de la canasta básica familiar.
La diferencia entre los dos factores recibe un nombre folclórico: “buscársela”. Implica hacer toda suerte de malabares para estrechar la diferencia. En la pobreza esos esfuerzos son un sacrificio adicional al que supone la condición. Se trata de una lucha con la carencia, lo que se traduce en llevar dos empleos o un empleo y una actividad informal.
La canasta básica alimentaria está compuesta por las provisiones esenciales (pan, arroz, leche, vegetales) para cubrir las calorías mínimas; por su parte, la canasta básica familiar, además de esos alimentos, incluye bienes y servicios como vivienda, transporte y ropa. Ambas cestas son indicadores de dos condiciones: la primera, la miseria; la segunda, la pobreza.
El costo promedio de la canasta básica familiar a febrero de este año fue de RD$48,476.88, con un incremento anual de un 5 %. Por su parte, a esa fecha, la más alta escala del salario mínimo (del sector privado no sectorizado) fue de casi RD$30,000.00, con una diferencia negativa de RD$18,476.88. Basta imaginar el salario mínimo legal para una microempresa: RD$16,993.20, equivalente a la cuenta de una cena con bebida, impuesto y propina para dos personas en Don Pepe.
Tal realidad empuja a muchos empleados a formas complementarias de ingresos: vender ropas, seguros, comida, vehículos, inmuebles, ofertas por catálogo y hasta planes funerarios; o hacer Uber, repostería, trabajos de limpieza, make up y todo lo pueda generar alguna entrada extra. Tales ocupaciones convierten al dominicano en una fuerza económica tan activa como diversa.
De lo anterior resulta que la República Dominicana cuente con una de las tasas más altas de informalidad laboral en América Latina, con casi el 55 % de la población ocupada. Y no ha tenido mayor incremento porque muchos deciden permanecer en un empleo para beneficiarse del seguro médico, única manera de cubrir la atención hospitalaria. Tal realidad convierte al dominicano en uno de los trabajadores con más horas efectivas de trabajo.
En este escenario el ingreso de las remesas del extranjero, que durante el 2025 alcanzó una cifra récord de US$11,866.3 millones (9 % del PIB), constituye prácticamente un sistema de seguridad social paralelo que amortigua la presión social. Sin ese resorte dudo que el clima de estabilidad que ha respaldado la inversión y el crecimiento fuera sostenible.
La economía de la subsistencia influye en actitudes sociales, algunas con rango de patrones. Una de ellas es la inconsistencia entre la apariencia y la realidad de vida. Y es que el trabajador es provocado por una agresiva economía de consumo que le impone una fuerte presión, induciéndolo a asumir deudas para comprar bienes o pagar servicios no esenciales, pero que culturalmente le atribuyen cierto estatus. Obvio, esa incitación es más irresistible en tanto más bajos sean los niveles educativos. Así, sin tener un techo digno, muchos optan por adquirir un vehículo, y no para explotarlo en una actividad mercantil, sino para acreditarse socialmente.
Otro problema social derivado de la economía de la subsistencia es el ausentismo parental. Para poder cubrir la canasta básica familiar, los esposos/compañeros deben trabajar los dos, y muchas veces la hija o el hijo mayor. Esa ausencia forzada desmejora la formación, tutela y vigilancia de los menores, dejados solos o al cuidado de los abuelos o de un tercero: es en ese ambiente que muchas veces se incuba un antisocial. Eso, sin considerar que casi el 35 % de los hogares dominicanos son monoparentales, la mayoría bajo la dirección de la mujer, quien tiene que cargar con la familia, la educación y la provisión.
Como correlato a la subsistencia social emerge también un trasfondo ideológico: se trata del conservadurismo que ha exhibido la sociedad dominicana en los últimos treinta años. Algunos pensadores han explicado este giro desde la mirada de los procesos políticos, con escaso desarrollo en las razones socioeconómicas.
Sabemos que en la República Dominicana se ha duplicado el valor nominal del PIB cada diez años en tres décadas. Ese cuadro de crecimiento estable, pero concentrado, ha hecho más ricos a los que lo son y ha dejado igual o más pobres a los que siempre lo han sido. No obstante, ha habido una dinámica de movilidad hacia las clases media y media alta.
Los ricos tienden a ser conservadores y aún más cuando el statu quo protege sus intereses de vida. La relación entre riqueza y derechismo está suficientemente documentada por serios trabajos académicos (Robert Michels, Bejamin Page, Jeffrey Winters y otros tantos).
Lo raro es ver una actitud conservadora en los pobres. Y eso se está dando en la República Dominicana de hoy. Prevalece una dócil conformidad con el sistema, el cual opera sin focos activos de contestación. Es obvio que en una economía de subsistencia el riesgo tiene un costo altísimo para ese segmento; cualquier cambio brusco en el sistema podría significar quedarse sin comida ni techo.
En tal contexto, la insurrección, el desorden civil y hasta la confrontación pacífica suelen golpear primero y más fuerte a los vulnerables. Eso explica en parte por qué las huelgas, los paros y las protestas violentas pasaron de moda o no convocan. Pero, además, los pobres están ocupados con problemas críticos de sustento. Se mantienen al margen de tales comprensiones por ignorancia o decisión. Sucede lo que escribía Willem de Kooning: “El problema de ser pobre es que te ocupa todo el tiempo”.
Otra parte de los pobres se ha enajenado al sistema. No cuestiona al statu quo que lo mantiene. Esos son los que hacen política como modus vivendi y dependen del Estado a través de nóminas, subsidios, repartos y programas sociales. Justifican y sostienen al sistema: son parte consciente de él. De manera que la economía de la subsistencia también genera una consecuencia no necesariamente procurada: mantener la apatía social, fuerte premisa que paradójicamente le ha servido estabilidad política al crecimiento económico, ese del que solo se aprovecha una parte. Lo que está por averiguarse es si esa actitud es sostenible o no en el tiempo. Los tiempos hablarán y de seguro que cuando lo hagan será fuerte.