Sembrar los minerales (y 2)
Retos y decepciones en la gestión histórica del patrimonio natural dominicano
Cuenta Arturo Uslar Pietri la siguiente anécdota sobre el dictador venezolano Juan Vicente Gómez: “Era imposible no verlo (en Maracay). No recuerdo exactamente la primera vez que llegué a atisbarlo. Pero todos sabíamos que él salía dos veces al día. Un paseo por la mañana y otro a las cinco de la tarde. Atravesando caminos polvorientos. Visitando potreros. Su presencia resultaba inevitable. En un automóvil de turismo, con capota de lona. A menos de 40 kilómetros por hora. Sin escoltas ni motocicletas. Ni parafernalia. Seguido solo por un carro donde estaban sus edecanes”.
Algo similar ocurrió aquí con Trujillo, ni siquiera sus edecanes lo acompañaban en el último viaje de su existencia.
De manera parecida se repite la costumbre de escarbar en nuestras profundidades tectónicas y llevarse en estado bruto o casi bruto todo lo que contienen, dejando magros beneficios junto a huecos profundos y pasivos ambientales, que son el testimonio de las heridas que sufre la tierra. De paso, aceleran la desaparición de bosques, manantiales y ríos.
La minería puede realizar aportes relevantes al desarrollo dominicano. Eso sí, siempre y cuando su explotación genere incrementos sustanciales en el valor agregado. Y los ingresos se destinen a la inversión para fortalecer, diversificar, hacer más competitiva la economía y generar trabajo de calidad.
Para que eso ocurra se necesita de instituciones fuertes que cuiden y den seguimiento al buen uso del patrimonio nacional y de un proyecto de nación bien diseñado que oriente las decisiones.
El país ha sufrido gruesas decepciones en la explotación de sus recursos mineros.
Juan Bosch fue uno de los abanderados de obtener mayor valor agregado de la explotación de los metales. Decía, allá por los años de finales de la década del 70: “Nosotros tenemos una mina de oro que no sólo da mucho oro sino también mucha plata, pero tratamos esos dos metales, y sobre todo el oro, como si fuera una basura de la que hay que salir pronto, antes de que se pudra”.
Era su lenguaje coloquial que tantos frutos políticos le dio. Pero, una cosa es afirmarlo, otra conseguirlo.
El presidente Antonio Guzmán Fernández, entusiasmado por la nacionalización de la mina de oro de Rosario Dominicana que llevó a cabo, se atrevió a dar un paso más, precisamente en el camino sugerido por Bosch. Y dispuso que el Estado invirtiera (lo hizo el Banco Central) en la construcción de una refinería de oro, con el propósito de exportar el metal dotado de mayor valor agregado.
La intención era buena, pero la inversión resultó en fracaso.
En su libro sobre la historia del oro el historiador Frank Moya Pons dice que “contrariando las opiniones técnicas más autorizadas, y embriagado por su éxito en la compra de la Rosario, (el presidente Guzmán Fernández) insistió en instalar una refinería de oro y plata en Pueblo Viejo con la intención de maximizar aún más los beneficios de la empresa”.
La causa del fracaso se atribuye a varios factores, entre otros a la no disponibilidad de un Certificado de Buena Entrega, que asegurara a los mercados el grado de nobleza o calidad del metal; y la tecnología utilizada, quizás inadecuada.
Lo cierto es que ni la minería como tampoco los sectores agropecuario e industrial ostentan cifras elocuentes en cuanto a montos anuales de exportación. En cambio, los servicios se llevan el mérito o la palma. Por un lado, el turismo. Por otro, las exportaciones de dominicanos de carne y hueso que subsecuentemente envían andullos de remesas al altísimo costo de la desnacionalización progresiva.
Tan inconveniente resulta explotar recursos mineros con bajo valor agregado y condiciones contractuales poco atractivas, como tan perjudicial es exportar dominicanos en carrera frenética hacia la desnacionalización.
La lectura de todo esto es fácil: no hemos alcanzado un grado de consciencia suficiente acerca de lo que implican nuestras necesidades de desarrollo, incluida la debida protección a los recursos naturales y al medioambiente, al tiempo que las instituciones no superan los niveles mínimos de rigurosidad compatibles con la ejecución de un proyecto de nación. Por cierto, habría que hacerlo explícito, cuando exista.
Casi seguimos en pañales.
Ante esa realidad, es preferible que nuestros bosques sigan inhiestos, los manantiales broten agua, a que las cordilleras estén horadadas por palas mecánicas, los bosques desaparecidos y el agua cada vez más escasa y contaminada. Y todo a cambio de un supuesto maná que se dispendia en consumo improductivo.
Cabalgamos, Sancho, es verdad, pero hace falta reforzar las instituciones y, sobre todo, lograr que funcionen para beneficio del colectivo.