El rescate de la cocina dominicana mediante su intelectualización
No se trata de alejarla de sus raíces, sino de gestionarla con responsabilidad histórica y criterio identitario para que surja con voz propia y pueda dialogar de tú a tú con las cocinas más influyentes del mundo
La cocina dominicana atraviesa un momento decisivo. Nunca antes habíamos contado con tanto producto de calidad, tantos chefs formados en el extranjero, tanta visibilidad turística y tanto interés internacional por el Caribe.
Y, sin embargo, persiste un riesgo silencioso: que nuestra gastronomía quede reducida a una postal folclórica, simpática pero superficial; abundante, pero poco argumentada; “típica”, pero no comprendida.
Cómo intelectualizar la cocina dominicana
Rescatar la cocina dominicana no significa reinventarla. Significa intelectualizarla. Pero ¿qué implica exactamente esa intelectualización?
Intelectualizar la cocina dominicana no es volverla inaccesible ni convertirla en un laboratorio hermético. Es, más bien, dotarla de contexto histórico, conciencia territorial, rigor técnico, narrativa cultural estructurada y capacidad de proyección internacional.
Una cocina que no se piensa a sí misma corre el riesgo de ser mal pensada, simplificada y finalmente banalizada.
El casabe, por ejemplo, no es simplemente una galleta de yuca. Es uno de los pocos alimentos vivos que nos conectan directamente con la cosmovisión taína.
Es técnica ancestral de desintoxicación, conocimiento agrícola y adaptación climática; además, desempeñó un papel histórico durante la conquista y colonización de América. Cuando se sirve sin explicación, lo relegamos a un mero acompañamiento; cuando se contextualiza, lo elevamos a patrimonio cultural.
Intelectualizar la cocina dominicana es comprender que cada ingrediente tiene genealogía. Servir casabe, mangú o cualquier otro plato sin conocer su historia equivale a reproducir una obra de arte ignorando a su autor, su mensaje y sus fuentes de inspiración.
Para evitar trivializar nuestra gastronomía, debemos comprenderla, valorizarla y convertir cada plato en portador de memoria colectiva.
El peligro de la folclorización surge cuando reducimos la cocina a “colores y alegría”, cuando exageramos la rusticidad como única identidad, cuando eliminamos su complejidad histórica para hacerla más digerible al turista o cuando presentamos lo dominicano como simple y pintoresco frente a otras expresiones culturales consideradas sofisticadas.
El folclor es parte esencial de nuestra cultura, pero no puede sustituir el pensamiento identitario en la proyección internacional de nuestra gastronomía. Una nación que aspire a posicionar su cocina no puede conformarse con exhibir lo común; debe ganarse el respeto por su capacidad de elevar los productos y sabores que la representan.
Cuando el saber y el sabor bailan en el plato
Así lo hicieron las cocinas del mundo
Las grandes cocinas del mundo no han triunfado por exotismo, sino por discurso. México estructuró su narrativa mesoamericana; Perú articuló mestizaje, biodiversidad y técnica; España reinterpretó tradición desde la innovación.
¿Y la República Dominicana? También lo tiene todo: una herencia taína viva, profundas influencias hispánicas y africanas, aportes cocolo, árabes, antillanos y asiáticos, biodiversidad agrícola notable, extraordinario producto marino y una nueva generación de chefs formados globalmente.
Lo que necesitamos es ordenar ese patrimonio en un relato coherente.
La intelectualización no implica romper el vínculo con la cocina popular; al contrario, debe dignificarla. El sancocho seguirá siendo sancocho, pero también es ritual social, síntesis de mestizaje, expresión simbólica de abundancia y construcción colectiva de quienes habitaron y habitan esta isla.
Cuando el comensal comprende ese trasfondo, no solo se alimenta: participa de una experiencia cultural. Y ahí comienza la verdadera conversión en oro.
Para trascender fronteras, la cocina dominicana no necesita disfrazarse de modernidad internacional. Necesita reconocerse, estudiarse, documentarse, sistematizarse y proyectarse con orgullo estructurado.
Intelectualizarla implica investigar archivos históricos, documentar recetas ancestrales, clasificar regiones gastronómicas, estudiar las etnias que la han influido, analizar su evolución agrícola, incorporar técnica contemporánea sin desconocer la tradición y articular un discurso coherente ante el comensal y el público en general.
Es pasar de la repetición mecánica de la costumbre a la construcción consciente del concepto.
El rescate intelectual de la cocina dominicana no se logrará únicamente con nuevos restaurantes ni con mayor turismo.
Se concretará cuando asumamos que nuestra gastronomía es un sistema cultural complejo que merece pensamiento estratégico.
Intelectualizarla no es alejarla de sus raíces; es gestionarla con responsabilidad histórica y criterio identitario para que surja con voz propia y pueda dialogar de tú a tú con las cocinas más influyentes del mundo.
Debemos protegerla de la banalización y proyectarla con dignidad, ralentizando su simplificación folclórica y fortaleciendo una identidad cultural gastronómica sólida, consciente y respetada.
Usuarios del Metro varados por apagón; algunos toman las guaguas voladoras en medio del caos
Servicio del Metro de Santo Domingo presenta intermitencias por apagón
Energía y Minas identifica causa de apagón general: disparo en la línea Hainamosa-Villa Duarte
Policía Nacional refuerza patrullaje preventivo tras falla eléctrica nacional