El vulgo y el uso
La misión de la RAE es proponer usos correctos y de ganarse el respeto y la autoridad para que los hablantes se lleven de esas propuestas
«La lengua es la patria» es el lema de la Academia Dominicana de la Lengua, que nos acompaña desde su fundación en 1927 (cercana ya a los cien años de vida).
No solo es nuestro lema, el texto que acompaña a nuestro escudo, sino también nuestra divisa, una expresión que resume una idea que como académicos dominicanos asumimos como guía.
Desde su fundación en 1713 la divisa de la Real Academia Española, «Limpia, fija y da esplendor», acompaña al emblema de un crisol puesto al fuego.
Más de trescientos años después uno de sus académicos, el escritor Arturo Pérez Reverte, ha alzado la voz en público para afirmar que la Rae «ya no limpia, ni fija, ni da esplendor».
Permítanme que me sonría, con un leve –o intenso– dejo de ironía. Tengamos siempre presente que el lema académico es un lema histórico, adoptado a comienzos del XVIII, cuando se tenía un concepto de lengua y de corrección lingüística ligeramente diferente al que tenemos hoy.
Renuncio a contar las innumerables veces en las que he oído criticar este lema académico. Los que lo hacen cuestionan la autoridad de las academias para «limpiar» el idioma. Yo voy un poco más allá. ¿Hay que «limpiar» el idioma?
De lo mío
No nos volvamos locos. La misión que resumía la RAE en ese lema fundacional sigue siendo necesaria; quizás ya no se trata tanto de aparecerse con brillo fino y cloro para no dejar ni rastro de usos incorrectos, sino de proponer usos correctos y de ganarse el respeto y la autoridad para que los hablantes se lleven de esas propuestas.
A Pérez Reverte le enerva, según sus propias palabras, que la RAE haya renunciado a ejercer su «papel normativo y cultural con la claridad, coherencia y autoridad que el antiguo lema sugería».
La controversia está servida: los hay que se quejan de una RAE gruñona y correctora, que no se amolde al uso, que tenga amplitud de miras lingüísticas; y los que hay que abogan por que la Academia vuelva a ser ley, batuta y constitución.
En 2010 la RAE y la Asociación de Academias de la Lengua Española publicaron la nueva Ortografía de la lengua española, una obra magistral, clara, coherente, en la que se recogen las normas de escritura de nuestra lengua.
Entre sus novedades se encontraba la supresión de la tilde en el adverbio solo. Esa tilde era una costumbre heredada, innecesaria e incoherente con nuestro sistema normativo. Y la RAE nos propuso, hace ya dieciséis años, que la dejáramos de usar.
Como casi siempre, el periquito está en que solo queremos cumplir las normas si son de nuestro agrado. Pérez Reverte lleva dieciséis años quejándose de esta norma establecida por la RAE, con el consenso de todas las academias de la lengua española, y declarando militantemente que está determinado a no cumplirla.
Entonces, las normas ¿sí, no o solo cuando nos convienen?
La polémica, si lo pensamos bien, es un poco vacua. La inmensa mayoría de los hablantes no saben de la existencia de la RAE, ni de Pérez Reverte.
La lengua es cuestión de uso (no del de unos pocos) y de tiempo (de mucho tiempo). Y bien que lo sabía Cervantes, quien puso a decir a su inmortal caballero que sobre la lengua solo tienen poder «el vulgo y el uso».