La buena ortografía se hace

Dominar las normas ortográficas, sea consciente o inconscientemente, no es casualidad

La buena ortografía no es un don innato ni el resultado de la simple memorización, sino una habilidad que se cultiva mediante la comprensión de la lengua y el apoyo conjunto entre escuela y hogar. (Shutterstock)

Con buena ortografía no se nace; la buena ortografía se hace. Dominar las normas ortográficas, sea consciente o inconscientemente, no es casualidad. La buena ortografía nace sin duda en la escuela, aunque, a pesar de lo que nos inculcaron, no es solo memorización de reglas.

La mayoría de las veces tiene más que ver con la comprensión de cómo funciona nuestra lengua. Un aprendizaje adecuado de la ortografía en los años escolares es un patrimonio valiosísimo que estará a nuestro servicio durante toda la vida; y un buen aprendizaje nace de una buena enseñanza.

No, no hablo solo de embotellarse reglas, de hacer dictados o de copiar textos o definiciones de diccionario. Sin embargo, no crean que la responsabilidad es solo de la escuela; en casa podemos apoyar este aprendizaje.

Al fin y al cabo, la lengua no es solo una tarea escolar, sino que forma parte esencial de nosotros mismos.

Ya seamos docentes, padres o abuelos, hagamos uso de nuestra creatividad para que nuestros niños tengan una buena relación con la escritura. Planas y dictados pueden servir, pero, seamos sinceros, aburren al más entusiasta. Y no digamos nada de eso de «escribe cien veces».

Les propongo hoy que enseñen a los niños a jugar con las palabras y que jueguen con ellos.

Siempre oímos decir que la buena ortografía tiene mucho que ver con la memoria visual. Sin duda, la mejor práctica es la buena lectura, pero podemos ir más allá. La ortografía tiene mucho que ver con la materialidad de las palabras.

Cuando escribimos, las palabras dejan de ser aire, para adquirir cuerpo. Saquémosle provecho a ese cuerpo para conocerlas mejor. Elijamos un grupo de palabras; pueden ser aquellas que le planteen al niño una especial dificultad o que respondan a sus intereses personales.

Recortemos letras de revistas y periódicos y compongamos un collage para cada palabra; más visual aún, añadámosle imágenes de la realidad a la que se refiere. La actividad manual centrará la atención en lo material de la palabra y ayudará al niño a retener su escritura correcta.

¿Y qué tal si nuestros collages decoran un rinconcito de la casa para que visualmente los tengamos muy presentes? Podemos ir renovándolos conforme aprendamos y juguemos con nuevas palabras.

Las palabras que nos dan brega pueden convertirse en juguetes. Bloques de letras o letras magnéticas, o simplemente una palabra escrita en grandes letras en un papel y recortada, se transforman en un rompecabezas ortográfico.

Probemos a componerlas una y otra vez, colaboremos o compitamos con el tiempo. Mientras jugamos, estaremos entrenando nuestra memoria visual ortográfica. Propongan otro reto: mezclen las letras de una palabra y traten de adivinar de qué palabra se trata.

Parece sencillo, pero este revoltillo de letras nos ayuda a comprender cómo se componen las palabras y a fijar la forma correcta de escribirlas.

Imaginen otras estrategias visuales según las preferencias de juego de sus hijos. Cada palabra aprendida es un tesoro. Si buscamos tiempo para jugar con ellos, nosotros también saldremos ganando, y no solo porque a nosotros también nos viene bien eso de la ortografía, sino porque compartir tiempo de juego es compartir vida.

María José Rincón González, filóloga y lexicógrafa. Apasionada de las palabras, también desde la letra Zeta de la Academia Dominicana de la Lengua.